- Hola.
- Hola.
- ¿Qué quieres?
- ¿Eso que importa?
- A mí me importa
(Silencio)
- ¿Por qué me sigues?
- ¿Y por qué no?
- Porque no me gusta que me sigan.
- No te sigo, te hago compañía.
- No he pedido tu compañía.
- La compañía se da, aunque no se la pidan a uno.
- (mirada de odio) No la quiero.
- Me da igual.
- ¿Quien eres?
- Lo sabes.
- No lo sé.
- Lo sabes. Reconócelo.
- Si eres quien creo que eres, que haces aquí, vete a hacer tu trabajo.
- Lo estoy haciendo.
- ¿Molestándome?
- Es parte de mi trabajo, a veces molesto, a veces te divierto, a veces te hago compañía...
- ¿Qué quieres de mí?
- Lo deberías saber.
- Pues no lo se.
- Pues deberías.
- Deja de jugar conmigo, no tienes ningún derecho. ¿Te crees que por ser quien eres puedes hacer lo que quieras? Déjame en paz. No haces otra cosa que jugar conmigo, con mi razón, mis emociones, con mis creencias más profundas y con las más triviales, déjame, estoy harta. Últimamente sólo sabes darme disgustos.
- No desprecies las cosas buenas que hago por ti.
- Siempre les das recompensas prácticamente inmediatas a todo el mundo ¿y yo qué? Eres caprichoso e injusto. Me desentiendo de ti.
- Si te desentendieras de mí, no estarías hablando conmigo ahora, estaría dándole el follón a otra que creyera en mí como tú lo haces.
- ¿Por qué a mí?
- Porque me necesitas.
- ¿Por que me haces esto? ¿No soy buena persona? ¿No me merezco un regalo por tu parte?
- Y lo tendrás, dalo por seguro.
- ¿Estás poniendo a prueba mi paciencia y mi fe?
(silencio)
- Es eso.
- Yo no he dicho nada, eso son conclusiones tuyas.
- ¿Ves como juegas conmigo? Ya vale, no soy un mono de feria que está aquí para divertirte. Fuera.
- No puedo irme.
- ¿Por qué?
- No me dejas.
(silencio)
- ¿Co-como que no te dejo? Te he dicho que te vayas...
- Pero en realidad no quieres que me vaya.
- ¿Cómo?
- Soy el único que te da respuestas, esperanzas, compañía, sin mí aún estarías más perdida.
- Tal vez deba buscarme a alguien que me de más respuestas que tú. Eres siempre tan ambiguo. Acabas volviéndome loca.
- Sólo te ayudo a encontrar las respuestas, no puedo dártelas, no tendría mérito.
- ¿Y como voy a saber si estoy en lo cierto si no me ayudas?
- Por que sentirás que estarás más a gusto con esa opción que con otras. Por que sentirás mi mano en ese hecho y sabrás que eso tiene que suceder. Los aciertos nos refuerzan los caminos a seguir, y los errores nos enseñan técnicas para encontrar más fácilmente los buenos caminos. Además, hacen falta errores, casualidades, para que se den las cosas buenas. Quien no se mueve o no corre riesgos, no avanza.
Aunque, todo esto, ya lo sabes. ¿No es así?
- Sí...
- Pues entonces no me eches.
- (resignación) Bueno, está bien. Sigamos caminando, dame la mano, compañero.
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