martes, 18 de enero de 2011

Palabras nunca dichas

Sophie volvía a mirar hacia ninguna parte. Tenía el exasperante defecto de que cuando algo se le metía en la cabeza no lo podía dejar pasar hasta que lo hiciera. Cuando era un dibujo, era simple, interrumpía lo que estuviera haciendo, se sentaba, dejaba que su imaginación guiara su mano y tras, como mucho, dos horas, podía seguir con la actividad anterior. Pero no todo era facil. Cuando lo que le rondaba la mente era un chico y la solución era decirlo, cuando se trataba de abrir su corazón, le costaba horrores. Necesitaba cierta certeza de que le iban a corresponder, o si no, que iban a aceptarlo sin cambiar su actitud hacia ella. Pero claro esto era dificil. Se repetía mil veces que así sólo conseguiría ver pasar a la gente que quería y ellos jamás lo sabrían, pero el miedo a que la hirieran otra vez lo acallaba todo.

"Oh, por favor, ¡sal de mi cabeza!" pensaba a la desesperada "Tengo que estudiar" Pero eso no servía de nada. "¿Por qué siempre me pasa igual? Parece que en época de examenes mi cabeza siempre busca excusas para no centrarse" Le daban ganas de llorar, pero no le salían las lágrimas, tenía ganas de gritar sus sentimientos, pero no podía. "Pasará de largo, como pasa siempre, y tendré que sonreir mientras saludo a su nueva novia y me lamento por no haber reaccionado antes" Pero siempre que se creía armada de valor lo veía y pensaba "en otro momento más propicio, no hay prisa" o "no parece interesado, mejor no digo nada".

Y con esa cantinela pasaba su vida, se esfumaban sus amores y aparecían otros, y así llegó a vieja, sola, llena de gatos a los que poder darles su amor y a los que no temia decirles nada. Arrepentida y triste, Sophie pensaba que algún día tenía que haberle dicho a aquel muchacho que ocupaba su cabeza, sin miedo a su reacción, lo que pensaba. Pero ahora era tarde, nadie querría besar sus arrugados labios, y acabaría muerta en el sofá con el pelo entrecano despeinado y su bata color crema sucia y sus gatos confusos la cubrirían con sus cuerpos, dejando una visión patetica de sus existencia. Se levantó decidida, cogió un papel amarillento y escribió con letra temblorosa y lo envió en un sobre por correo. Tranquila, se duchó, se arregló, le puso comida a los gatos y los acarició largamente a cada uno. Subió a su habitación, se recostó en la cama e ingirió 10 pastillas para dormir justo antes de tumbarse tranquilamente. Murió con una sonrisa.

El muchacho, ahora anciano, recibió la carta extrañado, no había remite y dentro solo había un papel con una frase que lo acompañaría a la tumba sin haberla llegado a resolver, muchos años despues, "Sal de mi cabeza o bésame".

4 comentarios:

Wachimoni dijo...

guau! me ha gustado mucho ^^
Demasiado triste y a veces demasiado real...

Ethos dijo...

Gran final.

"¿Qué forma, qué color, qué textura tendrían esos labios, por el destino negados?"
Se pudiera haber preguntado el anciano.

Ethos dijo...

Olvídate de esa entrada. Como si no la hubiera escrito

Manu AMS dijo...

Real, sí.

Dicen por ahí que el tiempo todo lo cura; pero desde luego hay cosas que tienes que averiguar, aunque hagas el mayor ridículo del mundo, o te perseguirán para siempre.

Por otro lado, nuestro amigo etanol nos ayuda muy a menudo :D