Estaba sentada en la arena, aún mojada del baño anterior. El agua salada goteaba de su pelo a su espalda y refrescaba su cuerpo. Mientras, el calor del Sol intentaba romper la minúscula capa de agua que invisible la protegía de él. Sus ojos cristalinos al igual que el mar estaban entrecerrados por la luz del Sol y oteaban el horizonte. Sabía que el momento en el que se sentía sola en la playa y disfrutaba de esos pequeños detalles, duraría un momento, pues enseguida los gritos de los niños, los bañistas con prisas que salpicaban agua y arena y las conversaciones ajenas inundarían su cerebro y la devolverían a la realidad. Viejos fumando y leyendo el periódico, mujeres gordas con bañadores de flores, personas que podrían convertirse en cangrejos de un momento a otro, niños llorando porque no los dejan ir solos, madres gritando que no se metan más allá de la rodilla, jóvenes tumbados al sol esperando coger en tres horas todo el moreno que soñaron.
Cuando era niña no recordaba ese panorama con tanto detalle. Claro que ella siempre había estado inmiscuida en sus asuntos sin prestar atención a nada más. Recordaba comer arena, vestir nada más que la parte de abajo, jugar con sus primos, desear estar con sus hermanos mayores, los bocadillos de después del baño, siempre de jamón o sobrasada con tomate, la sensación de la sal seca en la piel, los pies limpios y el dulce cansancio antes de volver a casa. Pero sobre todo recordaba los castillos de arena. Incluso cuando era pequeña se preguntaba por qué se empeñaba tanto en hacer un castillo, con su muralla gruesa y resistente, si sabía que una ola medianamente fuerte se la llevaría. Y de hecho, siempre se la llevaba. Pero incansable, volvía a poner más arena para fortificarla. Con los años, decidió que la respuesta era que disfrutaba haciendo la muralla, y lo que pasara después daba igual. Pero siempre le rondaba la sombra de ese sentimiento de hacer algo inútil.
Luego creció y el significado de ir a la playa cambió. Pero aun añoraba poder hacer lo mismo sin sentirse ridícula. Ahora, atenta a que el sol incidiese en su blanco cuerpo observaba como seguía habiendo familias que hacían lo que la suya, que había niños que disfrutaban haciendo castillos y se equivocaban en lo mismo que ella. Como les gustaría acercarse y ayudarlos.
Y es que, si lo miraba bien, todo eso era un resumen de nuestras vidas, sólo que muchas veces no somos conscientes de que la ola vendrá, tarde o temprano, y derribará nuestras defensas, nos arrebatará el castillo, nuestro esfuerzo, y nuestra ilusión en un instante, como si a la inmensidad del mar, del universo, le importara tres pimientos que tú acumulases un poco de arena en su orilla y le pusieras nombre. Como si se tomara tu pequeña fortaleza como una provocación y te gritase iluso.
A la hora de la verdad, puedes mirar cómo se consume poco a poco, ola a ola, tu castillo, o puedes volver a reforzarlo, cambiarlo de sitio, cambiar la muralla, para resistir diez embistes más antes de repetir este trabajo una y otra vez. Tú decides, ¿Te rindes o luchas? Sea cual sea tu decisión, busca la belleza de cada opción y disfrútala. Recuerda que tú vuelves a casa, que no tienes que ser el castillo, que puedes hacer otro mejor al día siguiente, que el mar que te tumba, es el mismo que te baña y te refresca.
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