Abrió su paquete de tabaco y lo miró. Tres cigarros. ¿En qué momento había consumido todos los demás si había comprado el paquete el fin de semana anterior? Cogió uno y se lo posó en la boca mientras rebuscaba en sus bolsillos en busca de un mechero. Lo encontró y lo observó uno segundos. Le gustaba el dibujo que tenía, una llama verde oscura. Lo suficientemente clara para contrastar con el fondo negro pero lo suficiente oscura para que no le recordara al voodoo, magias oscuras y demás ramas inquietantes de lo exotérico. Encendió el pitillo con parsimonia. Si ese era el antepenúltimo cigarro del mes iba a disfrutarlo paso por paso.
Mientras aspiraba la primera bocanada reparó en el titilar de las cenizas. Intenso al principio, sutil después. Siempre le había gustado el fuego. Desde pequeño se sentaba en el sillón con los ojos puestos en la chimenea a admirar todo el proceso de consumo de la madera. Potente, amarillo, doloroso para los ojos y los pies estirados. Con una enérgica danza de quien lleva mucho esperando una oportunidad para expresarse. Con el crispar de la madera como único contra sonido al silencio hipnótico. Debía apartar la mirada de él pues era un bailarín que le gusta tener cierta intimidad y no una violante mirada pendiente de sus contoneos. Al rato, algo más tranquilo decrecía su ego y con algo más de confianza bailaba una balada, pausada y precisa como un cortejo al pobre tronco que sólo puede esperar paciente su próximo movimiento. Para al final tocarle el corazón y arder en su interior. Acabando fundidos en un nuevo ser, más pequeño, más gris, pero más ligero como para anunciar al viento lo que ocurrió entre ellos.
El humo inundó sus pulmones y lo expulsó con clase. Era relajante, pero no podía mentir, respirar después de un pequeño ahogo siempre lo es. Además le seguía un sentimiento de impureza. Sinceramente prefería el vaho. Más rápido al disiparse, pero más natural, como un testigo de nuestra propia potencia frente al aire frío. “Es mi calor el que ves, y aunque me rajes los labios y me congeles la nariz, seguiré aquí, caliente y vivo por dentro.”
Miró a su alrededor. Todo vacío. Le gustaban las calles por la noche, incitaban a la confesión y a la intimidad, a respirar el fresco silencio y a disfrutar los sonidos que quedan amortiguados por la vida caótica de la ciudad. En esos momentos hasta el sonar de las ruedas contra el asfalto suena bonito, casi como una ola aislada. Anduvo por la calle oyendo el estruendo de sus pasos contra la oscuridad. Calada tras calada fue viendo cerrados los locales, encendidas las lámparas de los insomnes como él, apagadas las de los que tenían más suerte, parejas rezagadas, borrachos solitarios… Envidiaba y sentía lástima de todos ellos. Pues todos tenían ventajas sobre él, pero estaban en parte condenados o dependientes. En realidad, ¿Quién no lo está en este mundo? Nos pasamos la vida envidiando cosas, sin ver la carga que supone tenerlas. Nos quejamos de lujo.
Apuró el último suspiro de su tiempo enrollado y lo pisó. Sonrió para sí, tanto fuego, tanto consumirse en la boca de otro, para cavar siendo un borrón negro en el suelo pisoteado por los que vendrán después. No era tan distinto de la vida, y sin embargo, como nos gusta arder antes que quedarnos para siempre encerrados en la caja, olvidados y magullados. “Sí, la vida es un cigarro.”
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