Es un curioso ir y venir de ideas, todas mezcladas, el que veo pasar por delante de mis ojos, mi mente y mi corazón. Una confusión entre pensamiento y sentir que en este retiro, intento distinguir. La verdad sea dicha, decidí aislarme del mayor número de cosas posibles para poder ver las cosas más claras una vez calmada. Sabía que con bastante probabilidad lo que iba a ver no iba a ser bonito. Cuando uno se detiene a observar, es frecuente maravillarse de la complejidad de lo cotidiano, de la belleza de las minucias. Pero también decepcionarse por la cantidad de fallos que tienen las cosas, o remarcar detalles que habían pasado desapercibidos hasta ahora. Detalles que incluso lo cambian todo.
Es sorprendente, aunque a estas alturas tal vez ya no debería sorprenderme, que nos autoengañemos, que nos dejemos llevar por la emoción y que tapemos carencias, justifiquemos desaires, nos conformemos con migajas. Es chocante cuando un día te das cuenta que no sólo esto está pasando, sino que ha pasado siempre, de muy diferentes maneras. Que muchos comentarios, avisos y preavisos ignorados eran ya anunciadores de la verdad. Pero, ay... que poco queremos ver lo que nos hace daño. Como podemos obviar o incluso enfadarnos con aquel que nos dice la verdad, que ve claramente desde el exterior. Como puede sonarnos ese discurso cuando no estamos preparados para oírlo. Falso, entrometido, deformado...
Y sin embargo en el fondo sabes que te molesta porque tiene una parte de razón. ¡Qué duro! Qué duro cuando tu quieres creer. Cuando acabas queriendo confiar en que las cosas pueden ser. Y son. O parece que son. Pero luego despiertas.
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