“Sentada, con la vista clavada en el infinito y en la cabeza una nebulosa. Sus piernas estaban entreabiertas, los brazos apoyados en sus respectivos reposos y la expresión de la cara podía equipararse a la de una estatua. Así la hallé cuando entré en la habitación. No cambió su postura. Ni pestañeó. Toqué su hombro, preocupado, después su pelo. Nada. Me situé de cuclillas delante de ella con la angustia dibujada en el rostro. Repetí su nombre bajito, pero no me contestó más que un ligero pestañeo. Ni siquiera me miraba. El sol entraba por la ventana que la tenía absorta y le aclaraba aún más sus verdosos ojos. El pelo pelirrojo parecía ardiendo, y le caía a cada lado del rostro hasta acariciarle los hombros con las puntas. Los labios eran del rojo de la fresa. Pero nada más parecía tener vida en ella. Repetí su nombre más alto. Le pedí que me mirara, que me dijera lo que pasaba. Pero no reaccionó. Su pecho ascendía y descendía con el ritmo del sueño, pero sus ojos estaban abiertos. Intenté por todos los medios que me mirara, reaccionara. Le grité, la zarandeé, le pellizqué. Lo único que conseguí fue que derramara unas lágrimas silenciosas. Y que cerrara los ojos, como ocultándose de mí. Las lágrimas hicieron un reguero mojado hasta su mandíbula. No las secó y acabaron cayendo en su vestido, y en su escote.
Lo dejé por imposible y busqué a mi dulce bebé. Estaría en la cuna durmiendo, puesto que la casa estaba en silencio. Un silencio que me preocupaba más y más. Al acercarme vi la cuna desecha pero sin rastro de la niña. Busqué entonces la silleta, pero no estaba en ningún sitio. Empecé a asustarme de veras. Volví hacia mi esposa y le pregunté donde estaba nuestra hija.
- Ya no está.
- ¡¿Cómo que ya no está?!
Silencio.
No lo aguanté más, le golpeé la cara con todas mis fuerzas. Una mano del tamaño de la mía pareció marcada en su rostro. Fue entonces cuando me miró. Jamás olvidaré esa mirada. Fría, ida.
- Ya… no…está.
- ¿Y dónde está?
- En el río.- Contestó entre una mezcla de tranquilidad y voz queda.
- ¡¿Cómo que en el río?!
Miró de nuevo a la ventana y dijo:
- Ahogándose en su interminable llanto y torturando a los peces. La he devuelto al lugar de donde salió. Nada más que hacía soltar agua salada y boquear como un pez fuera del agua, intentaba hablarme, decirme que la devolviera, pero el idioma de las sirenas suena como un eterno y desagradable grito en el aire. – Volvió a mirarme- Sólo la he devuelto a su casa, mi amor, para que deje de llorar. Era un pez con cara de ser humano, sólo eso, se equivocaron en el hospital. – Sonrió inocentemente- Ya nos darán a otra que sea humana.
Era mi turno de llorar, de mirar como si lo que viera ante mí no fuera humano, me habían cambiado a la mujer y no me había dado cuenta. Empecé a chillar, a maldecirla. Pero su aparente calma cambió de repente. El odio de sus ojos se encendió, de repente el sol solo acentuaba su aspecto de demonio. Cogió las tijeras de la costura y empezó a chillar de una manera que me enmudeció.
- ¡Eres otro de ellos! Un sireno fuera del mar, mira como chillas, mira como sueltas agua salada, ¿quieres que te devuelva al mar? Me diste una mezcla humana y sirena para que creyera que era mi hija, pero te descubrí. Con ella tuve compasión. Era pequeña y sólo quería ir al mar. Pero tú… tú me engañaste. ¡Me arrancaste el corazón!
Se lanzó sobre mí como poseída. Corrí. Busqué a la desesperada algo con lo que poder defenderme. Encontré mi raqueta de tenis. Le lancé un raquetazo. Tanto la raqueta como ellas rebotaron hacia atrás, hubiera sido cómico si no me estuviera jugando la vida. Aproveché el momento de respiro para cambiar la táctica: ahora le daría de canto. Arremetí contra ella y esta vez la dejé inconsciente. Le arranqué las tijeras de la mano y corrí a por cinta de tela del costurero. Le até las manos con todas mis fuerzas y le di varias vueltas con la cinta alrededor de todo su cuerpo para inmovilizarla. Cogí el móvil y fue entonces cuando, sudoroso y asustado, despojado de mis amores e inundado de adrenalina, confesé todo a la operadora de emergencia y abandoné la consciencia.
Hoy vivo con miedo. Veo psicópatas en cada mirada. No me fio de nadie. Vivo encerrado en casa. Hablo con mi niña, aunque a veces sé que no está aquí, otras es tan real que no puedo ignorarla. “No maté a tu madre- le digo-, por qué no quería acabar como ella. Y ahora tengo miedo de que venga y descubra que sigues aquí y que vuelva a intentar acabar con nosotros, por eso debemos escondernos. No te fíes de nadie, no ames a nadie, y puede que sigas viva”.
“Nadie me arrebatará a mi hija…- pero entonces la cordura vuelve y pienso- otra vez.” Y la desesperación y la pena me consumen. Esta es mi historia. Este es mi móvil para el asesinato que voy a cometer. Espero que lo entiendan. Si no resultara espero que tengan piedad y lo terminen por mí.”
El policía terminó la carta y observó al moribundo de la cama del hospital, estaba destrozado, paralítico, pero su corazón seguía latiendo. La vida había sido cruel con él, no le extrañaba que hubiera intentado quitarse la vida.
- Reúnete con tu hija y dale un beso de mi parte.
Se acercó a la maquina que le aportaba el aire y la desenchufó.
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