“Mátame.”
“Mátame”, repetía una y otra vez.
El hambre no la dejaba ver, ni pensar. Cada esfuerzo era un suplicio. Se sentía sucia, débil, y desesperanzada. Ya no había rabia, demasiado gasto energético para su cuerpecillo escuálido. Ya no había tristeza, no le quedaban lágrimas, su corazón no podía encogerse más. Nadie vendría. Nadie la salvaría de la injusticia y la crueldad humanas. Lo sabía.
Oía descorrer el cerrojo de su celda. Tendría que someterse, dejarse usar y maltratar como una muñeca inerte. Lo odiaba. Odiaba su olor, su forma de moverse, de tocarla, su sabor agrio y sucio, su sonido. Un escalofrío le recorrió el cuerpo sin poder remediarlo. ¿Qué sería esta vez? Había imaginado muchas crueldades cuando oía los casos por la televisión, pero, como casi siempre, la realidad supera a la fantasía, y esta vez era para peor.
Una luz cegó sus delicados ojos, acostumbrados ya a la penumbra. No le miraría. Seguía tumbada en el apestoso suelo como la última vez que la visitó. Apenas si se había movido.
Oyó sus pasos acercándose lentamente, oyó una ligera sonrisa cruel, y la aceleración de su respiración. Cerró los ojos. Intentaría irse a otra parte. “Imagínate en la playa”. Esforzó su mente a ver el mar, pero sabía que vendría a continuación, ya oía el ruido del cinturón, el pánico la cegaba. “No, No, ¡vuelve a la playa!”. La respiración se aceleraba. “Es el mar, está embravecido”, pensaba desesperada. Una mano recorría su pierna por el interior. “El frescor del mar acaricia mi pierna”. Notó como abría sus delgadas piernecitas, sin cuidado, como si fueran un bicho que intentaba apartar de un golpe. “¡Una ráfaga de viento muy fuerte me ha pillado desprevenida!” Pero ya sabía que pasaría, y nada podría sustituir aquello con algo positivo. Él la penetró con una violencia que le obligó a gritar con las pocas fuerzas que le quedaban. Sangre. Era su lubricación favorita. Otra embestida. Pronto llegaría, y pese al dolor, sería mejor que nada. Otra. Ya estaba, su cuerpo gritaba, pero ella no tenía fuerzas para quejarse, así que el cerebro le dio un respiro y se desmayó. Pero eso no le gustaba, él quería oírla gritar de dolor. Así que su desmayo acabó pronto pues un quemazo en el pezón la puso en guardia de nuevo. “Tu muñeca se muere, ya no le quedan pilas, y por mucho que le pegues o la menees no va recargarse” pensó con una mezcla entre asco e indiferencia. Otra embestida. Silencio. Otra, y otra más. Sólo se oían sus jadeos mientras ella miraba al techo preguntándose cuanto más quedaría. Otro desmayo. Dulce inconsciencia.
Al despertar volvía a estar sola. Hizo un doloroso esfuerzo y se incorporó. Miró su ajado vestido, anteriormente amarillo, marrón y rojo ahora. Un charco sanguinolento llenaba el espacio entre sus piernas heridas, cortadas, quemadas e infectadas. “¿Cuánta sangre me quedará en el cuerpo?” Había vertido mucha y no reponía con comida. Los desmayos eran cada vez más seguidos. “Se me acerca la muerte”. Le empezaba a gustar la idea y una sonrisa muy pequeña se dibujó en su rostro. Pero se fue rápido. Un plato caliente con un delicioso olor entró por la puerta. “Se ha dado cuenta. Déjalo y vete, déjame que muera”. Pero la obligó a comer. Sus ojos azules la miraban masticar, muy de cerca. “Los odio”. Conforme cogía fuerzas las lágrimas volvieron a brotar. Su cuerpo entero tembló con violencia. La vista se le enfocó. Allí estaba su rostro, a menos de 10 centímetros de su cara. Atractivo al principio, pero desquiciado ahora, sombrío, inquietante. ¿Quién iba a pensar que un chico con tal cara de bollo recién horneado podría ser tan malvado? “Te odio, y cuando muera volveré para acabar contigo” pensó. Debió de reflejarse en su mirada, pues le respondió con una sonrisa desfigurada, se acercó a su oído y le dijo “No vas a morir, no, hasta que yo quiera” Otro temblor sacudió su cuerpo. Volvió la rabia. Él se fue, satisfecho.
Buscó algo que la ayudara a morir. La luz de la puerta la había dejado cegada, y no distinguía gran cosa. Su corazón volvía a latir deprisa. ¿Cuánto tiempo tendría? Empezó a tantear el suelo. Paja mojada, piedra con sangre seca, más paja,… -su corazón pegó un vuelco-, su pie… podrido y devorado por las ratas. Se quedó bloqueada. Era una sensación extraña sostener su pie como si de una pastilla de jabón se tratara.
De repente una idea pasó por su mente, “los huesos son duros y el corte estará astillado. No pienso dejar que me mates, cabrón.” Pensó el mejor sitio para clavar hueso. Al fin decidió que la sien sería rápida y probablemente indolora. Acumuló algo de paja que tenía alrededor, y apoyó la cabeza contra la pared. Respiró hondo y empujó su pie amputado contra su sien y una luz blanca lo inundó todo. Su cuerpo inerte cayó hacia atrás.
Su espíritu miró como yacía tumbada en el lecho de paja y miró hacia la puerta. “Te espera una vida llena de sufrimiento, voy a hacer que pierdas la razón y quieras suicidarte, y entonces… no te dejaré hacerlo” Una sonrisa malvada se dibujó en su rostro traslúcido. Se levantó y atravesó madera hacia su carcelero.

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