viernes, 6 de enero de 2012

Gestos

Sarah observaba atentamente cada gesto, cada mirada, cada silencio. Siempre tuvo la impresión de que tenía un don para leer ciertas cosas de la gente, esas que te dicen sin querer, sin ni siquiera saberlas, esas que intentan ocultar con una máscara, pero que si sabes verlas te están diciendo la verdad a gritos. Había gente fácil de ver y gente difícil. Había incluso gente que la engañaba. Pero estaba claro que era porque no quería ver lo que sus rostros, sus actos, le estaban diciendo. Siempre hay cosas que no queremos saber hasta que ya no hay más remedio que admitirlas.

Notaba que cada vez entendía con menos esfuerzo esas señales, y aprendía a hacerles caso aún cuando no las quisiera ver. Aunque aún, porque seguía siendo novata, dejaba en la recámara algunas interpretaciones que no le interesaban, como opción a comprobar más tarde.

Y ahí estaba él, sentado a su lado, como un libro abierto. Como un libro abierto que tuviera un espejo incorporado en una de sus páginas, dónde se veía reflejada, dónde podía ver que ella era otro libro con espejo. Era el caso más sencillo que había tenido nunca. Simplemente era ella. Su forma de pensar y sentir. Y aunque eso aun no había dado problemas, la ponía en una situación de desprotección que la inquietaba un poco.

Respiró hondo el incienso aromático que humeaba cerca de ella. La habitación estaba forrada con telas árabes y mesas bajas. Unas jarapas y millones de cojines adornaban el suelo. El pelo largo y rizado reposaba en los cojines que sostenían su cabeza y su espalda. Un pañuelo verde atado a la cabeza apartaba el pelo de su cara.

- ¿Qué crees que debería hacer?
- Pues, me temo que sólo puedo darte una contestación estándar.
- ¿Estándar? – Sabía que sus conversaciones no solían resolverse con una respuesta estándar, pero era todo lo que le podía decir sin entrometerse en aquello que no terminaba de entender.
- Haz lo que te haga feliz. Y cuando lo que haces ya no lo haga, simplemente deja de hacerlo. Lo demás es asumir las consecuencias de nuestros actos. Pero como esos actos nos hacen felices, seremos capaces de afrontarlas con valor e, incluso, con una sonrisa.

Se volvió a hacer un silencio. No había que decir nada más y lo sabían. En el aire, en sus caras, estaba el resto del mensaje.

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