Era un día soleado que empezaba a llegar a su fin. Los rojos, violetas y amarillos del atardecer empezaban a pintar las nubes. Un hombre llamado Joe miró por la ventana esperando ver un milagro, pero como siempre sólo vio caras desconocidas recorriendo las calles. Hacía tiempo su hijo había desaparecido. No entendía por qué. Es cierto que había empezado a ausentarse mucho, a tener broncas con él y su mujer por cualquier nimiedad, a mirarles como si les odiara… las evidencias decían que acabaría yéndose de casa, o cometiendo algún error peor. Pero Joe no lo había visto… o no lo había querido ver. Lo había tomado como signo de su edad en plena revolución, lo veía como que su inexperiencia le impedía ver los motivos y la sabiduría de sus padres, lo veía como una cosa pasajera… Pero se equivocó. Acabó por no aparecer un día, ni al siguiente, ni al siguiente, y seguía sin aparecer. Su ropa estaba casi toda en su sitio, apenas faltaba nada, sus cosas estaban esparcidas por el suelo, como siempre. Por eso no creía que hubiera sido una desaparición intencionada a pesar de que todo el mundo decía que sí. Y a pesar de que la policía había aparcado el caso, y que nadie esperaba ya su regreso, Joe seguía empeñado en seguir buscando, en seguir esperando.Marie se acercó con una taza de té calentando sus manos. Estaba triste desde que su hijo desapareció, pero más triste estaba porque su marido no vivía desde entonces, aferrado a la esperanza de su reaparición.
- ¿Joe?
- ¿Hmm?- La miró distraído, tratando de no perder detalle de la gente que pasaba, cualquiera podría ser su hijo.
- Cariño… te he traído un poco de té, para que entres en calor.
- Ahm… gracias, Marie.
Marie lo miró con desazón.
- Cariño ¿sigues esperando a que aparezca paseando por la calle de al lado de casa?
- Sé que cualquier día pasará. Que volverá. Nos quiere, cariño, se dará cuenta de que nos quiere, de que está haciendo el tonto buscando la felicidad con otra gente, lejos de aquí. Y volverá.
- Joe… hace 5 años que se fue. Deberías dejarlo estar. Tenemos otros hijos que necesitan de tu atención y cariño. Yo también le echo de menos, pero… es un caso perdido. – Dudó un momento, intentó elegir las palabras menos duras dentro de las claras- Si nos quisiera tanto… ya habría regresado. Probablemente nos quiere, Joe, pero no lo suficiente como para volver. Era siempre un tira y afloja, nunca creí que estuviéramos tan mal como para que nos abandonara totalmente, pero nunca estuvimos lo suficientemente bien como para tenerle del todo tampoco. Teníamos un hijo a medias. Él tomó su decisión. Es hora de que nosotros también decidamos, es hora de pasar página.
Joe la miró con profunda tristeza. Sí… lo había pensado, había días que estaba hasta convencido de ello y estaba dispuesto a darlo por perdido, parecía que podría pasar esa página, pero la esperanza estaba ahí, siempre cabezona, siempre recordando todas las muestras de cariño que hubo a pesar del rechazo, siempre pensando que era pasajero, que acabaría teniendo razón y que todo estaría bien, que terminaría como una historia de película o de cuento…
Asintió, y tomo la taza de té. Miró al infinito y al cabo de unos minutos volvió a mirar por la ventana. Se había acostumbrado a aguardar, era esclavo de su esperanza, de su cabezonería. Sorbió el té. El calor que le entró y recorrió su interior, pareció llenarle el vacío durante un rato. Marie se sentó en sus rodillas y le abrazó, se quedó así, con la cabeza en su hombro durante un rato. Joe le besó la frente y le acarició el pelo. El olor que desprendía le recordó los tiempos en que eran jóvenes y disfrutaban de su noviazgo. Por un instante fue feliz. Luego recordó que ya sobrepasaba la cincuentena, que tenía varios hijos, y que desde que nacieron su vida amorosa había pasado a un segundo plano, casi no recordaba que era tumbarse con ella durante todo el día en la cama, hablando, o escuchando el latido del otro, abrazados, sin ninguna preocupación más que la de la hora de vuelta, ir al baño o tomar algo para callar sus estómagos. Sintió una lágrima aflorar. Y pesar de todo el esfuerzo… uno de sus hijos los despreciaba tanto como para dejarles por completo. Sin más. Dejándole con una eterna espera.
La abrazó con ambas manos como si le fuera la vida en ello, unas silenciosas lágrimas le recorrían el rostro. Intentó olvidar todas sus penas, intentó darle todo su corazón, incluido el hueco que había dejado su hijo. Pero fue imposible. El hueco seguía ahí, presionándole, haciéndolo tremendamente infeliz. Pero era mejor fingir que no existía, o que era casi insignificante.
La besó, la miró a los ojos y le acarició la cara con ternura.
- Tienes razón, cariño. ¿Quieres que vayamos a hacer la cena?- Dijo con una sonrisa lo menos amarga que pudo.
La rutina, la rutina lo cubría todo con un manto de levedad, en ocasiones, hasta distraía al corazón lo suficiente como para darle un respiro. Refugio de los renegados, colchón de las vanalidades, incansable e imperdonable reloj que, a pesar de tus circunstancias, te exige atención… pero sobretodo, la máscara de normalidad de los corazones rotos.
1 comentario:
Me ha gustado. Has reflejado bien ese sentimiento a través de recuerdos y pensamientos bastante acertados ;)
Por otro lado, el colofón ha sido el último párrafo: brutalísimo!
Enhorabuena mandril!^^
P.D: ya te interrogaré más en privado :P
Publicar un comentario