domingo, 13 de mayo de 2012

Estancia a oscuras


Se encontraba en una estancia pequeña, débilmente iluminada por un ordenador portátil y alguna farola lejana varios pisos más abajo. En realidad, el cielo anaranjado también aportaba algo de luz a la estancia, dándole al paisaje un inquietante matiz, como surrealista… 

Ella siempre odió ese cielo… contaminado, violado, despojado de su auténtico color… no era sólo que le hubiesen robado todas los brillantes de su vestido a excepción de uno o dos que se resistían, era una como si le hubieran tirado un bote entero de lejía por encima con la escusa de que el negro era el color de los ladrones, de la inseguridad y de la maldad… “sea todo por el bien común”. Pobre cenicienta maltratada...

En la estancia estaban sentadas dos figuras femeninas, apenas visibles. El ordenador proyectaba una película romántica, con sus toques de humor, tragedia y final feliz. Al acabar,  ambas tenían algunas lágrimas en los ojos, pero nada grave. Al marchar una de las figuras a otra habitación, quedó la otra sola acogida por el silencio, sola con sus pensamientos. Siempre pensaba en lo que había visto en la película, paladeando el mensaje, la música, las mejores escenas… pero no fue eso lo que hizo esta vez. 

Lo que retuvo su mente fue una imagen de fondo en el portátil de la otra figura. Clara, de primer plano, y resaltada por la oscuridad circundante. Eran ella y su sobrino, en toda la naturalidad de quien está tratando de captar a un niño en una instantánea. Tierna y graciosa a un tiempo. Daba igual que las dos figuras aparecieran poco favorecidas, era suficiente el mensaje para hacerla bella.

Pensó sobre su futuro, calmadamente, sobre qué quería hacer y sobre lo que temía. Unas lágrimas silenciosas aparecieron en sus ojos y recorrieron su cara, escondidas por la oscuridad, cuando la segunda figura apareció y le explicó parte de lo que pensaba. Se sintió bastante libre de llorar porque la oscuridad parecía tragarse sin queja su tristeza, pero aun así su temperamento  luchaba por controlar su voz, no le parecía motivo suficiente para mostrar abiertamente hasta que punto estaba le afectaba aquello.

Lloraba porque sabía que dentro de sí había tomado una decisión difícil, y que no iba a ser feliz si la retenían, si renunciaba a ello. Por la incertidumbre de si iba a soportar separarse de los que quería,  si la olvidarían o si los olvidaría ella, si iba a acabar en Asia, África, América… o en un pueblucho cerca de casa… Ni siquiera sabía en qué acabaría dedicando su vida.

Al final se tranquilizó, sabía que no podía eludir lo que su instinto, desde muy temprano le había pedido, explorar, vivir sola, crecer… Sólo el tiempo diría que le esperaba en la vida, y era bien sabido que se caracterizaba por luchar por lo que quería, asumiendo los riesgos.

Cerraron el portátil y dejaron que las risas y la oscuridad se tragaran la seriedad de quien toma una decisión importante, de quien declara sus miedos y los afronta.

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