Se encontraba en una estancia pequeña, débilmente iluminada
por un ordenador portátil y alguna farola lejana varios pisos más abajo. En
realidad, el cielo anaranjado también aportaba algo de luz a la estancia,
dándole al paisaje un inquietante matiz, como surrealista…
Ella siempre odió ese cielo… contaminado, violado, despojado
de su auténtico color… no era sólo que le hubiesen robado todas los brillantes
de su vestido a excepción de uno o dos que se resistían, era una como si le
hubieran tirado un bote entero de lejía por encima con la escusa de que el
negro era el color de los ladrones, de la inseguridad y de la maldad… “sea todo
por el bien común”. Pobre cenicienta maltratada...
En la estancia estaban sentadas dos figuras femeninas,
apenas visibles. El ordenador proyectaba una película romántica, con sus toques
de humor, tragedia y final feliz. Al acabar, ambas tenían algunas lágrimas en los ojos,
pero nada grave. Al marchar una de las figuras a otra habitación, quedó la otra
sola acogida por el silencio, sola con sus pensamientos. Siempre pensaba en lo que
había visto en la película, paladeando el mensaje, la música, las mejores
escenas… pero no fue eso lo que hizo esta vez.
Lo que retuvo su mente fue una imagen de fondo en el
portátil de la otra figura. Clara, de primer plano, y resaltada por la
oscuridad circundante. Eran ella y su sobrino, en toda la naturalidad de quien
está tratando de captar a un niño en una instantánea. Tierna y graciosa a un
tiempo. Daba igual que las dos figuras aparecieran poco favorecidas, era
suficiente el mensaje para hacerla bella.
Pensó sobre su futuro, calmadamente, sobre qué quería hacer
y sobre lo que temía. Unas lágrimas silenciosas aparecieron en sus ojos y
recorrieron su cara, escondidas por la oscuridad, cuando la segunda figura
apareció y le explicó parte de lo que pensaba. Se sintió bastante libre de
llorar porque la oscuridad parecía tragarse sin queja su tristeza, pero aun así
su temperamento luchaba por controlar su
voz, no le parecía motivo suficiente para mostrar abiertamente hasta que punto
estaba le afectaba aquello.
Lloraba porque sabía que dentro de sí había tomado una
decisión difícil, y que no iba a ser feliz si la retenían, si renunciaba a
ello. Por la incertidumbre de si iba a soportar separarse de los que
quería, si la olvidarían o si los
olvidaría ella, si iba a acabar en Asia, África, América… o en un pueblucho
cerca de casa… Ni siquiera sabía en qué acabaría dedicando su vida.
Al final se tranquilizó, sabía que no podía eludir lo que su
instinto, desde muy temprano le había pedido, explorar, vivir sola, crecer…
Sólo el tiempo diría que le esperaba en la vida, y era bien sabido que se
caracterizaba por luchar por lo que quería, asumiendo los riesgos.
Cerraron el portátil y dejaron que las risas y la oscuridad
se tragaran la seriedad de quien toma una decisión importante, de quien declara
sus miedos y los afronta.
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