viernes, 6 de marzo de 2009

Silecio... estoy conmigo...

Marta se encontraba sentada en su cama con los párpados bajados, respirando tranquilamente, rodeada de penumbra, con la única luz de una solitaria vela sobre el escritorio, a un metro de ella.
Escuchaba claramente todos los sonidos que la rodeaban. Desde su propia respiración, el roce del viento en la ventana, el leve rumor de los vecinos, el tintineo de las llaves de su hermano...
Todos sus sentidos estaban agudizados. Su olfato captaba el aroma de la vela, de la casa, del aire, de la humedad de fuera mezclado con el calor de dentro. Su tacto notaba la suavidad de la colcha, del peluche sobre el que estaba apoyada, el frescor de sus manos... Lo veía todo en su mente, no necesitaba abrir los ojos.

Le gustaba quedarse así de vez en cuando, la daba mucha paz. Le hacia olvidarse de todo, centrarse en cosas más triviales, más placenteras.
Podía sentir su corazón palpitar, el ritmo de su respiración, es ascender y descender de su pecho, la tensión de sus músculos, la redondez de sus labios. No es que se amase y se adorase físicamente, pero esos pequeños detalles, curiosos, únicos, bonitos y feos, eran suyos y sólo podía sentir de ese modo sus propios labios o sus propios ojos, o su propia respiración. Podía sentir la de otra persona, pero no a esos niveles.

Le encantaba la facilidad con la que al recordar una escena bonita, graciosa o cómica, inmediatamente le aparecía la sonrisa en el rostro, sentir como los músculos de la cara se tensaban, sus ojos se curvaban e iluminaban, incluso cerrados. Sentir bonita su sonrisa, aún cuando al mirarse sonreír no se gustara, allí nadie la veía, ni siquiera ella, podía ser la más guapa y dulce princesa si quería, y nadie se lo podría negar.

Tampoco es que fuese solitaria. Sólo le gustaba dedicarse tiempo a sí misma. Se pasa la vida escuchando a los demás, aconsejándolos, pero como dejaba que pocos la aconsejaran a ella sobre problemas y menos sobre los más profundos y secretos, prefería sentarse a pensar detenidamente en su vida, sin la presión de tener que explicarse claramente, de admitir algo vergonzoso, de explicarlo todo a cierto ritmo acelerado. Podía tirarse tranquilamente diez minutos con la misma imagen o las mismas palabras en su mente sin que nadie la apresurara.
Podía deleitarse con la forma de las palabras, de las miradas, de los gestos, de los mohines de alguien a placer.

También era el momento de reflexionar sobre todo lo que no tenía tiempo de pensar a lo largo del día, semana, mes, año… Sobre las trivialidades, los existencialismos, los grandes problemas del mundo y del tonto choque de una mosca en la ventana intentando escapar.

Pero no podemos quedarnos en este estado siempre, tanto si queremos como si no la realidad nos llama a la puerta y nos dice que hay que ir a cenar, a la escuela, a las rutinas, a escuchar a tus amigos, a ver a tu familia, a luchar por tus derechos, y cumplir con tus deberes, y, tal vez, cuando tengas otro respiro, podrás volver a soñar que nada de eso existe, solo tú y tus sentidos.

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