martes, 19 de octubre de 2010

El refugio (I)

EL REFUGIO


Fernando solía sentir ansiedad escénica. Dicha ansiedad empezó siendo algo esporádico, en algunas exposiciones en clase o en el baile de fin de curso en el colegio. ¿Quién hubiera notado que la cosa degeneraría tanto? Fue sutil. Comenzó a ampliarse, poco a poco como un cáncer, se sentía mal cuando lo sacaban a la pizarra en el instituto, o cuando tenía que pedirle un favor a algún compañero, después pasó a no ser capaz de mantener la calma cuando le hablaba una chica guapa o lo pillaban desprevenido. Pero ahora, se ha convertido en un prisionero de su miedo, y lo peor, es que lo ha hecho voluntariamente.

Consideró normales todas las manifestaciones, y ahora no se atrevía ni a respirar cerca de alguien. Ni a levantar las persianas por si lo miraban por las ventanas y le juzgaban. No miraba la tele porque en los informativos las presentadoras le miraban contándole las novedades, sonreían como si supieran que le hacía gracia una noticia o le miraban con ojos graves como si supieran que lloraba. No oía la radio por que de vez en cuando, le hablaba a él y entonces se sentía espiado ¿Cómo saben que me gusta, o que pienso de los viernes, o que necesito relajarme?

Leía las cartas con pánico, pues ellos sabían sus movimientos de cuenta, sus gustos en referencia a sus compras y se dirigían a él directamente “Querido señor Martínez”, “Estimado lector” ¡¿Por qué le llamaban querido o estimado?! ¿¡Acaso le conocían?! ¿Acaso aspiraban a tener una relación con él? Eso implicaba contacto físico y visual, aparte de exponerse al juicio de alguien, era demasiado para poder soportar la idea. Pero después de muchas vueltas conseguía superarlo porque si no lo hacía, el banco le retiraba el dinero, o vendrían a por él a casa preocupados por su estado mental o su salud. Le dejaban paquetes con la comida y accesorios que compraba por internet.

Sólo leía y trabajaba. Los libros no tenían ojos, contaban historias de mundos inexistentes que no podían atacarle, y cuando rara vez algún narrador se dirigía al lector directamente, podía aguantarlo debido a que siempre se dirigía respetuosamente (nunca usaba el tú, que era tan invasivo) y no intentaba saber cómo se estaba sintiendo, si no tal vez, hacer alguna aclaración pertinente. Tenía montañas de libros, todos los había leído. Pintaba sus personajes favoritos, y colgaba sus dibujos por la casa. Se montaba historias cuando las verdaderas se habían acabado. Mezclaba y remezclaba todas las historias. Pero a diferencia de los fieros lectores con grandes imaginaciones, él sólo se veía observador de todas, nunca se creía otra persona, nunca se imaginaba en las aventuras que construía, pues si lo hubiese hecho, los propios personajes que creara también lo juzgarían, tal vez no como sí mismo, pero si como el personaje que encarnara. E incluso, si el personaje era muy inteligente podría ver más allá del disfraz de su nueva personalidad y ver a un refugiado de la realidad intentando crearse una a su medida y fracasando en el intento. Demasiado riesgo.

Tal vez a estas alturas ya os habréis imaginado semejante personaje. Blanco como el papel debido a que no le daba el sol, ojeroso, con los ojos saltones y dementes, pelo enmarañado, sucio, sudoroso, la casa echa un desastre… Pero al contrario de lo que pueda parecer, Fernando siempre llevaba el pelo recortado, la barba afeitada, se cuidaba la piel, la alimentación, tenía todo escrupulosamente ordenado. Tenía una máquina de rayos uva para mantener su piel bronceada y de aspecto sano. Cintas de correr, bicicletas estáticas, pesas para mantener la forma. Iba todo el día en traje y corbata o en su defecto en un pijama totalmente neutro y digno. Pues, ¿y si cuando abría la puerta para recoger el paquete de compra le veía un vecino, y si sufría su casa una inundación y tenía que hacer frente a la visita del fontanero? ¿Qué pensarían de él esas personas?

Probablemente también estéis intrigados en cual era el trabajo que una persona como Fernando podía desempeñar. Porque está claro que alguien cuando tiene una fobia del calibre de esta es porque se la puede costear. Pues bien, era informático. Creaba páginas web para empresas. Mantenía siempre el trato exhaustivamente formal para que le hablaran como una empresa y no como una persona particular, y además él tenía una empresa de sociedad anónima para poder responder de la misma manera, y así, evitar estrechamiento de relaciones o tratamientos directos.

Puede que para cualquiera imaginarse semejante vida sea agobiante y un eterna agonía, pero eso es porque nunca ha sufrido una fobia. Todos sabemos que cuando tenemos miedo evitamos aquello que nos lo produce. El problema es que ese enfrentamiento es el que hace que superemos los miedos. Por lo tanto, cuando huimos y huimos no hacemos más que por evitar el miedo, aumentarlo. Aún así, uno se acostumbra a renunciar a ciertas cosas para evitar esa ansiedad. Y Fernando tenía sus libros que ocupaban el hueco que su aislamiento provocaba como el té engaña al estomago cuando el hambre se acerca. Y es que lo peor de todo es que llega un momento que uno ni siquiera es consciente de lo que se está perdiendo. Fernando leía sobre guerras, paz, clero, filosofía, criminales, amistad, amor, sexo… pero eran conceptos vagos para él. El que más problemas le daba era el de hacer el amor. Disfrutaba leyendo las descripciones sentimentaloides o pornográficas que encontraba pero no terminaba de entender el concepto, no entendía como alguien podía entregarse tan incondicionalmente en alma y cuerpo a otra persona, dejando desnudo hasta el más mínimo rincón de tu intimidad y arriesgarte a que el otro haga con eso lo que crea conveniente. Le parecía demente, y no quería pensar que la gente era tan ingenua y confiada para arriesgarse tanto. El solo contacto de la mirada más de un segundo con otra persona le suponía un estrés impresionante y no veía más allá de esa angustia, cuanto menos iba a mantenerla fijada durante horas desnudando su alma, dejar ver sus sentimientos con caricias, sus deseos con sus acciones, sus defectos con su cuerpo desnudo, sus debilidades con gemidos y sus pensamientos y su compromiso con palabras. Le parecía tan sumamente disparatado como a otra persona la película más futurista y descarada (con traces chulescos) que pueda pensarse o verse.

Sin embargo entendía muy bien cuando sus amados libros le describían a un celoso o a un deprimido. Era como él, con miedo a exponerse, con miedo a ser menos, con miedo a perder, con desconfianza constante…

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