miércoles, 20 de octubre de 2010

Refugio (II)

Un día cualquiera en su fortaleza sonó el teléfono. Ring… Ringgg… Sólo podía ser su madre. Tenía un teléfono para tenerla contenta, pero sólo ella tenía el número. Se acercó molesto. No soportaba que le llamara. Dicen que el amor de una madre es incondicional. Pero según él, lo incondicional estaba sobrevalorado. Una madre te quiere, pero te juzga. Se pasa toda la vida juzgándote y moldeándote a su gusto. Y si no eres como ella espera se enfada, se defrauda, te chantajea, o incluso puede aborrecerte hasta un punto que aunque “te quiera” el rencor o la desilusión pesan tanto que se miente a sí misma para negar que eres su hijo. En realidad es la primera fuente de frustración de nuestra vida y se mantiene con todo su amor y sus quejas durante toda la vida. Y Fernando sabía que la había defraudado encerrándose en su piso, no hablando con nadie, viviendo en su mundo de fantasía como si de un cutre Don Quijote se tratara. Pero él NO era ningún Don Quijote, él no se creía quien no era. Él no se escapaba de su casa para combatir el mal, él se quedaba en su refugio amurallado para evitar que el mal entrara.


Ringggg… que molesto sonido, pensaba mientras caminaba al paso de un condenado hacia su verdugo. Ringgg…Ya voy, ya voy… Ringgg…

- ¿Sí mamá? ¿Qué quieres ahora?

- ¿Señor Martínez?- Palpitaciones, sudor frío, mirada perdida… esa voz no era de su madre. Colgó de inmediato. Notaba que le faltaba el aire. ¿Quién había conseguido su número? Maldita madre, se había chivado, ¡seguro! Probablemente era un complot para enfrentarlo al mundo de bestias que había fuera de su casa. ¡Pues no lo iba a conseguir! Desactivó el teléfono. Instintivamente se peinó con la mano y se ajustó el traje, como si sólo con la voz fuera como hubieran irrumpido en su casa una horda de abogados y policías para declararle culpable de homicidio.

Siguió obsesionado con la misteriosa de voz femenina que había oído, su origen, su razón, incluso el tratamiento formal que había tenido. Cuantísimas cosas se podían pensar sobre una frase de dos palabras. Al final de dos días de divagación tomó una medida impresionante: volvió a activar el teléfono. Después de varias llamadas sin respuesta por su parte decidió armarse de valor y llamar al servicio de contestador automático.

Ringgggg…. Ringgg…..Ringggg… Ringggg…. Piiiiiiii (Contestador automático) ¿Señor Martínez? (¡otra vez esa voz de mujer!) Soy Marta López de la policía. (¿¡Policía?!) Hemos estado intentando localizarle para comunicarle una noticia inquietante e importante sobre su madre. (complot, seguro) Preferiríamos no tener que usar su contestador para comentársela, pero vemos que no deja más remedio. Verá… su madre… ha sufrido un accidente en su casa, ya sabe usted que está mayor, y resulta que tuvo mala suerte y cayó mal y ahora está en el hospital muy grave. Debería ir a verla. Están en el Hospital de Confucio en la habitación 568 planta 5. (Las plantas altas son siempre de los más graves, ¿La UCI?) Buenas tardes. Piiiiii. Mensaje guardado.

Lo sabía, ¡un complot! Su madre siempre estaba obsesionada con que saliera de casa, seguro que había encontrado el modo de que lo hiciera, asustándole y diciendo que estaba grave en el hospital… ¡Pues no lo vas a conseguir mamá!... jajaja, mira que usar una escusa tan mala… accidente en casa, que se cayó mal y ahora está grave… jajaja podía haberse molestado en adornarlo un poco para hacerlo creíble. Y mira que involucrar a la policía, ¡qué valor!

Y dicho esto se negó a creer cualquier otra cosa que no fuera una estratagema para sacarlo de casa y se aisló en su libro actual.

Al cabo de una semana volvieron a dejar un mensaje en el contestador: ¿Señor Martínez? No sé si oyó mi mensaje de la semana pasada, hemos seguido llamándole toda esta semana pero no estaba o no cogía el teléfono. Su madre ha dicho que le quiere, y que quiere que salga de su jaula. (¡Sabía que era un complot para sacarme de casa!, pues chínchate mamá que no lo vas a conseguir.) Usted sabrá a qué se refiere. Verá… era para comunicarle que su madre ha fallecido, la dislocación de cadera fue demasiado grave para su edad y no consiguió recuperarse. Lo siento. Debe decirnos en un plazo de 48 horas que hacer con sus restos, si no los trataremos como una víctima anónima.

¿Qué mi madre ha muerto? Creo que os habéis pasado con la broma ¿no? – Empezaba a inquietarse- Sí, eso no te lo voy a perdonar mamá, mira que hacer como que te mueres para que me dé el aire. ¡Qué manías tienes! Si tu sabes que yo soy feliz así –Empezaba a hablar solo- Hay quien es feliz sin pasar por su casa, o trabajando todo el día, o teniendo amor todo el día, sabes que yo soy feliz así y tú no puedes obligarme por tu capricho- la respiración fue aumentando su frecuencia- No tienes derecho, ¡Con lo que yo he soportado por ti! ¡Cuántas criticas, cuántas! Te dejé seguir en mi mundo, ese que nadie se atreve a crear, ese que el resto del mundo se empeña en amoldar a lo que le exige la sociedad, esa que te obliga a exhibirte como un bufón, a desnudarte aunque no quieras, a destapar tus intimidades. Yo soy más libre que ninguno de esos, porque yo no me enfrento a ninguno de los estímulos que sobran, he pasado de nivel, ¡Soy superior a toda esa intrascendencia! A esa intromisión gratuita, ¡y tu eres otra esclava más que no ve su desgracia! Y que arrastra a los desertores hasta su jaula otra vez, ¡Pues no lo vas a conseguir, soy más fuerte que tú!- la risa neurótica y los gritos empezaban a resonar en las paredes de la solitaria casa.- Te voy a dar ejemplo de lo que yo quiero, ¡de lo que es ser libre! – Se levantó y fue a por su saga de libros favoritos. 1000 páginas el tomo. 23 tomos. Bueno en realidad eran 20, pero en su negación de abandonar a sus amados personajes él mismo escribió la continuación. Se sentó en su sillón de leer, desgastado por los años de uso y empezó de la página 1 a beberse el libro, luego el siguiente, y el siguiente. Los cogió con tanto ahínco que dejó de dormir, de comer, de beber, de ir al servicio. Y después de cuatro días de intensa privación y tremenda actividad latente su cuerpo se rindió. Su visión se nubló del todo y se murió.

La policía fue a la casa unos días después alertados por los vecinos por el intenso olor. La visión que presenciaron los policías al tumbar la puerta la recordarán siempre. El cuerpo consumido de Fernando enfundado en su traje. Con la cabeza apoyada en la mano y unos ojos vidriosos medio podridos mirando al techo con aire soñador. Todo ordenadísimo hasta los libros que le rodeaban. Uno abierto en las rodillas que sujetaba con la otra mano. El volumen 20 de la saga abierto por la última página donde se leía:

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